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sábado, 3 de septiembre de 2011

Louis Jacolliot - Impresiones sobre Agartha - Débora Goldstern.-

Louis Jacolliot

Impresiones sobre Agartha

Débora Goldstern




Louis Jacolliot

Fue en la Doctrina Secreta, la monumental obra de Helena Petrovna Blavatsky, donde por primera vez accedí a referencias sobre Louis Jacolliot. La obra de este estudioso francés fue material capital en la redacción de la saga blavataskiana, en especial por sus profundos conocimientos del pasado prehistórico de la India, país, en el cual Jacolliot residió por varios años.

Desgraciadamente pocas obras de casi una centena de su autoría, se encuentran a disposición pública, pudiéndose citar La Historia Oculta de la India, y Las Leyes del Manú como alguno de los títulos más destacados.

Autor hoy día casi olvidado, su rescate por parte de Crónica Subterránea obedece a los informes que sobre el Agartha recogió Jacolliot en su paso por la India, material que más tarde retomaría el famoso esoterista Alexander Saint Alveydre, aunque agregando más datos al enigma del Agartha.

El capítulo escogido para ilustrar al lector sobre Louis Jacolliot, pertenece a “El Mundo Perdido de Agharti"de Alec Maclellan.






LOS BUSCADORES DE UN MUNDO PERDIDO


El hombre que se abría camino por entre las casetas apretadas del bazar de Calcuta difícilmente era mirado dos veces por la gente que se arremolinaba a su alrededor. El ruido y el hedor del lugar no parecían perturbar aquella pequeña figura, aunque de inmediato resultaba evidente por su traje bastante desaliñado y los rasgos pálidos que no era un indio. Un sombrero de color blanco deslucido ocultaba en parte su rostro barbudo, y la chaqueta de color claro que vestía estaba ya manchada de sudor por la espalda y de suciedad por la parte delantera, por donde el hombre tenía que empujar a través de un estrecho vacío entre las casetas, o frotarse contra un nativo sucio y gesticulante. Aunque los extranjeros no resultaban en absoluto raros en el bazar de esta activa capital India a mediados del siglo X IX, solían conducirse de un modo bastante más imperioso que el de este hombrecillo tan poco atractivo. Al fin y al cabo, la ciudad era la sede del Gobierno de la India británica, y con su posición en la salida natural del río Ganges se había convertido en un gran centro comercial e industrial. Como era de esperar, el lugar era una mezcla de magníficos palacios construidos por los principales indios, espléndidos edificios administrativos construidos por los Raj británicos, y algunos de los barrios más horribles de toda la India. Incluso hoy día siguen persistiendo algunas de las temibles condiciones que habían sido resumidas por los acontecimientos de "agujero negro de Calcuta" cien años antes. Pero ni esos recuerdos ni la miserable atmósfera en que se encontraba el extranjero parecían molestarle lo más mínimo. Daba la impresión de hallarse tan sumido en sus pensamientos que era totalmente inconsciente de cuanto le rodeaba.

Aquel hombre era Louis Jacolliot, un funcionario consular francés que servía en la capital, pero también un hombre apasionadamente dedicado a la búsqueda y colección de información arcana. No era un cómodo investigador de biblioteca, de los que rebuscan los límites tranquilos y ordenados de esas sedes del aprendizaje; prefería buscar material sin recoger, tradiciones orales que sólo se podían encontrar entre las gentes del lugar. Y para asegurarse esos elementos tenía que sumergirse en todos los estratos sociales de la vida ciudadana, desde las deslumbrantes mansiones palaciegas de los indios de alta casta a las calles cubiertas de enfermedades de los barrios y bazares, donde los pobres de Calcuta llevaban vidas miserables. Pero al pasar de .la aparente absorción en sus pensamientos, Jacolliot apenas se perdía nada de cuanto ocurría a su alrededor en el bazar. Hacía tiempo que había aprendido a tener un aspecto discreto, lo que le ayudaba a ganar la confianza de la gente en un lugar como ése. Por contra, también era capaz de conducirse con cortesía y dignidad cuando le era necesario. En suma, se había entrenado cuidadosamente para tener la mente alerta y un cerebro inquisitivo en servicio de su ardiente deseo de información sobre la antigua historia de la India. Jacolliot era impulsado por una convicción simple y compulsiva. Solía decir: "Estudiar la India es rastrear las fuentes de la Humanidad." En el primero de los veintiún libros que iba a producir durante su vida, La Bible dans L 'Indie (1868), demostraba haber llegado ya a las mismas conclusiones sobre la influencia de este poderoso subcontinente sobre las otras civilizaciones que había alcanzado el profesor Friedrich Muller y sus contemporáneos que trabajaban con él.


Jacolliot escribía: "La propia antigüedad tenía una antigüedad que estudiar, que imitar y que copiar, del mismo modo que la sociedad moderna se codea con la antigüedad a cada paso, que nuestros poetas han coplado a Homero y Virgilio, Sófocles y Eurípides, a Plauto y a Terencio; que nuestros filósofos se han inspirado de Sócrates, Pitágoras, Platón y Aristóteles; que nuestros historiadores toman como modelo a Tito Livio, Salustio o Tácito; que nuestros oradores copian a Demóstenes o Cicerón; nuestros médicos estudian a Hipócrates, y nuestros códigos transcriben el Justiniano. Eso es lo más lógico y más simple. ¿No se preceden y suceden los pueblos unos a otros? ¿El conocimiento dolorosamente conocido por una nación se limita a su propio territorio y muere con la generación que lo produjo? ¿Qué hay de absurdo en la sugerencia de que la India de hace 6.000 años, brillante, civilizada, sobrante de población, imprimiera en Egipto, Persia, Judea, Grecia y Roma un sello tan imborrable, unas impresiones tan profundas, que sigan impresas aún sobre nosotros?"

Basándose en esta convicción, Jacolliot llevó a cabo gran parte de su investigación, y los hechos que recogió y presentó en sus veinte libros siguientes subrayan aún más sus palabras. Lo que sigue siendo un enigma hasta hoy es el motivo de que hubieran sido tan tristemente despreciados y tan poco citados; pues no nos debe caber duda de su importancia, como sus "discípulos" Pauwels y Bergier han afirmado en su libro, El retorno de los brujos (1960); aunque ellos mismos no le dedican más que una página, afirman: "Jacolliot escribió algunas obras proféticas muy importantes, comparables, si no superiores, a las de Julio Verne. También dejó varios libros que tratan de grandes secretos de la raza humana. Muchos y grandes autores ocultistas, profetas y milagreros han tomado prestado de sus páginas lo que, completamente despreciado en Francia, es bien conocido en Rusia." Madame Helena Blavatsky, la emigrada rusa que, como veremos más adelante en este capítulo, tomó prestados libremente y con frecuencia cosas de Jacolliot sin citarlo, apreciaba también su importancia, aunque se guardó de alabarle.

Escribió lo siguiente en su Isis desvelada (1877): "Sus veinte o más volúmenes sobre temas orientales [de JacolIiot] son realmente un curioso conglomerado de verdad y ficción. Contienen gran cantidad de hechos y tradiciones, filosofía y cronología india, junto con muchas opiniones valerosamente expresadas. Pero parece como si el filósofo se viera constantemente superado por lo romántico. Es como si dos hombres estuvieran unidos en su autoría: uno de ellos cuidadoso, serio, erudito, el otro un novelista francés sensacionalista y sensual, que juega los hechos no como son sino como él los imagina. Sus traducciones del Manu son admirables; su capacidad de controversia, marcada; su opinión de la moral sacerdotal, injusta; y en donde reveló, aunque precavidamente, detalles de un vasto y antiguo reino subterráneo que decía había llegado a conocer por medio de "la traducción de todos los antiguos manuscritos de hoja de palma que he tenido la fortuna de que los brahmanes de las pagodas me hayan dejado ver". El relato más específico que encontró aparecía en una obra, el Agrouchada Parikshai {Libro de los espíritus), que habla de un paraíso subterráneo que floreció "siglos antes de nuestra era". Estaba presidido por el Brahm -atma, o jefe supremo, el dirigente de los iniciados, un gran cuerpo de seguidores devotos, descendientes de una antigua civilización. El supremo pontífice, el Brahm-atma, era el único poseedor de una fórmula mística, descrita corno "que simbolizaba todos los secretos iniciáticos de las ciencias ocultas" y representada por las letras

AUM, que significaban:

A

Creación

U

Preservación

M

Transformación

Según el Agrouchada Parikshai: "El Brahm-atma sólo podía exponer su significado en la presencia de los iniciados del tercer y supremo grado." Jacolliot comenta: "Este mundo desconocido, del que ningún poder humano, lncluso ahora que la tierra superior ha sido machacada por las invasiones mongolas y europeas, puede forzar a ser revelado, se conoce como templo de Asgharta ... Quienes allí habitan poseen grandes poderes y tienen conocimiento de todos los asuntos del mundo. Pueden viajar de un lugar a otro por pasadizos que son tan antiguos como el reino mismo." La localización de Asgharta bajo una tierra "machacada por las invasiones" era el modo típico de Jacolliot de poner en palabras su convicción -basada, como todas sus creencias, en la investigación y la intuición- de que el reino se hallaba en algún lugar bajo la tierra central de Asia. Ello disfrazaba también sin duda-su frustración por no haber tenido nunca la oportunidad de poner a prueba su teoría viajando por Asia, pues sus últimos traslados en el consulado le llevaron a las Indias Orientales, Tahití, y luego de vuelta a Francia. Por tanto, la historia de Asgharta siguió siendo un enigma para él durante el resto de sus días. Pero no se puede negar el importante papel que ya había jugado al publicar esos hechos.

Un nuevo y extraño acontecimiento le ocurrió a Louis Jacolliot antes de abandonar la India que creo debe ser incluido aquí. Estaba convencido, como él mismo decía, de que el pueblo de Asgharta estaba formado por los descendientes de una civilización prevédica, y que eran maestros en los poderes secretos. Cuando en compañía de un viejo fakir observaba un ritual, se elevó un "espíritu" que él creía podía haber sido el alma de una de esas gentes. Enfatizo el término "podía", porque Jacolliot no hace tal afirmación, aunque al menos un estudioso de sus obras cree que la posibilidad es muy grande.


El acontecimiento está registrado en su libro Phénoménes et Manifestations (1877), en el que describe a los fakires como "los únicos agentes entre el mundo y los iniciados quienes raramente cruzan los umbrales de su sagrada habitación". Los dos hombres estaban sentados en un antiguo templo, y así es como Jacolliot describe lo sucedido: "El fakir continuaba sus evocaciones con más voluntad que nunca; una nube opalescente y opaca empezó a suspenderse cerca del pequeño brasero, que por petición del hindú yo había alimentado constantemente con carbones encendidos. Poco a poco asumió una forma enteramente humana, y distinguí el espectro, pues no puedo llamarlo de otra manera, de un viejo sacrificador brahmán arrodillado cerca del pequeño brasero. "Llevaba en su frente los signos sagrados de Vishnú, y alrededor de su cuerpo el triple cordón, signo de los iniciados de la casta sacerdotal. Unió sus manos por encima de su cabeza, como durante los sacrificios, y sus labios se movieron como si estuviera recitando oraciones. En un momento dado, tomó un pellizco de polvos perfumados y lo arrojó sobre los carbones; debía ser un compuesto extraño, pues un espeso humo se elevó al instante e invadió las dos cámaras. "Cuando se disipó percibí el espectro que, a dos pasos de mí, me extendía su mano sin carne; la tomé entre la mía, haciendo una salutación, y me asombré al comprobar que, aunque huesuda y dura, estaba caliente y viva.

"En ese momento le pregunté: "¿Eres tú un antiguo habitante de la tierra?" "No había terminado la pregunta cuando la palabra AM (sí) apareció y luego desapareció en letras de fuego sobre el pecho del viejo brahmán, con un efecto muy semejante al que la palabra producirla si se escribiera en la oscuridad con una vara de fósforo. "¿No me dejarás nada como presente de tu visita?", volví a preguntar. "El espíritu rompió el triple cordón, compuesto de tres hebras de algodón, que tenía anudado a su cintura, me lo dio y desapareció a mis pies:' No es sorprendente que Jacolliot se sintiera perplejo por lo que había visto. Más tarde escribió: "La única explicación que hemos podido obtener sobre el tema de un brahmán ilustrado, con quien me unía una estrecha intimidad, fue ésta: "Habéis estudiado la naturaleza física y habéis obtenido, mediante las leyes de la naturaleza, maravillosos resultados: vapor, electricidad, etc.; durante veinte mil años o más nosotros hemos estudiado las fuerzas intelectuales, hemos descubierto sus leyes, y. obtenemos, haciéndolas actuar a solas o en concierto con la materia, fenómenos todavía más sorprendentes que los vuestros." Si aceptamos la validez de lo que Jacolliot vio y nos contó, y no hay nada que impida que no debemos hacerlo-, entonces es que pudo haber experimentado la extraña fuerza conocida como Poder Vril que se dice poseen las gentes de Aqharti. Fuera así o no volveremos a discutir con detalle más adelante este misterioso poder.

Aunque las referencias de Louis Jacolliot a Asgharta eran muy breves, tomadas en el contexto de sus amplios veintiún volúmenes sobre la historia antigua de la India, fueron sin embargo lo bastante intrigantes para atraer la atención de otros dos contemporáneos, cada uno de ellos tan diferentes de él y del otro como quepa imaginar. El primero era un extraño y grandilocuente ocultista francés llamado Saint-Yves d' Alveydre, y el otro una ex¬traordinaria dama rusa que fundó la Sociedad Teosófica, Madame Helena Blavatsky. Ambos, cada uno a su modo, estaban buscando a Agharti, e hicieron sus contribuciones específicas al desarrollo del interés por el tema.